
Ropa sucia. Ropa lavada. Ropa tendida. Ropa seca. Ropa planchada. Su vida podría haberse resumido en esas cuatro frases hasta hace unos meses. Inclinada sobre la tabla, compartiendo espacio con los animales a la hora de la vacada. Enjabonando, frotando, golpeando, aclarando, escurriendo. Su reflejo en el agua le devolvía la imagen de una chica joven, guapa. Así debió verla el Señor cuando decidió llevársela a la capital, a la casa grande, con la promesa de una vida mejor –se acabó lavar, se acabó trabajar como una mula, ya verás que todo allí son comodidades- le dijo mientras posaba la mano sobre su cadera haciendo sombra por primera vez a su honra. Y allí se fue.
Ahora mira la piscina, llena hasta el borde de agua azul. Sí que ha cambiado su vida. Ahora se siente sucia, pero lo único que ha lavado en los últimos días ha sido el cuchillo con el que le cortó la garganta antes de tirarlo al agua. Un automóvil para en la puerta. Es la policía. Mira a la señora y ella le hace un gesto: Hay ropa tendida.
No dicen nada.