miércoles, 28 de mayo de 2008

Héroes

Siempre me gustó coleccionar héroes. Ya de pequeña guardaba sus imágenes en álbumes, en carteles, en cromos y recortes. Me volvía loca Roberto Alcázar, siempre acompañado de Pedrín en los tebeos de mi hermano. Eran héroes los príncipes azules que socorrían a las damas en peligro, los cazadores que le abrían la tripa al lobo para sacar a caperucita, los soldados americanos que ya entonces liberaban países y niñas de ojos rasgados de la opresión de los suyos, los caballeros medievales y los gladiadores de las películas de romanos. Me gustaban Batman, el Hombre Araña y Superman, todos ellos siempre dispuestos a salvar a la chica, a su chica que a veces era un poco torpe y siempre demasiado curiosa. Como les pasa a todas las niñas, mi primer héroe real, de carne y hueso, fue papá. Él me salvaba de los fantasmas, de las avispas, de las anginas, de todo aquello que me daba miedo a esa edad. Fue mi favorito durante mucho tiempo. Años después le denuncié por abusos. Sé que eso está muy feo, pero qué quieren, la única forma de conocer a un héroe nuevo es que haya un malvado del que deba salvarte. Y a mi me gusta coleccionar héroes.

viernes, 9 de mayo de 2008

Es por vuestra seguridad


Es por vuestra seguridad. Así lo justificaron desde el principio. La vida es demasiado peligrosa y vosotros sois demasiado débiles para entenderlo, para defenderos. Siempre habrá alguien que os quiera hacer daño. Se aprende con dolor, se crece con dolor, se pare con dolor. Es mejor así. Aquí nadie podrá tocaros. Tocarnos. Tocar pasó a ser un verbo con connotaciones negativas como lo fue después salir, arriesgar, meterse en líos, comer, beber, besar, vivir, morir. Todo lo real dejó de serlo para dejar paso a placebos de sentimientos, de momentos, de realidad. Algunos intentaron salir. Algunos lo consiguieron y volvieron con las rodillas despellejadas, con jirones de sentimientos rotos y sin embargo felices, triunfantes por su hazaña. Desaparecieron, los desaparecieron.
Los demás permanecimos bajo aquella seguridad impuesta, aquel limbo sin pecado y acabamos acostumbrándonos. Empezaron por decirnos qué debíamos comer, qué debíamos creer, a que velocidad debíamos conducir, cuantas copas debíamos tomar, cuantas horas había que trabajar, cuantos hijos concebir… así empezó. Luego ya no nos dejaron hacer nada para evitarnos riesgos innecesarios.
Ahora estamos bien. Estamos en el mejor de los mundos, siempre en primera clase, estamos aunque no seamos. No nos dejan decidir nada, así que de nada somos responsables. Y ellos eligen por nosotros, por nuestra seguridad.