Siempre me gustó coleccionar héroes. Ya de pequeña guardaba sus imágenes en álbumes, en carteles, en cromos y recortes. Me volvía loca Roberto Alcázar, siempre acompañado de Pedrín en los tebeos de mi hermano. Eran héroes los príncipes azules que socorrían a las damas en peligro, los cazadores que le abrían la tripa al lobo para sacar a caperucita, los soldados americanos que ya entonces liberaban países y niñas de ojos rasgados de la opresión de los suyos, los caballeros medievales y los gladiadores de las películas de romanos. Me gustaban Batman, el Hombre Araña y Superman, todos ellos siempre dispuestos a salvar a la chica, a su chica que a veces era un poco torpe y siempre demasiado curiosa. Como les pasa a todas las niñas, mi primer héroe real, de carne y hueso, fue papá. Él me salvaba de los fantasmas, de las avispas, de las anginas, de todo aquello que me daba miedo a esa edad. Fue mi favorito durante mucho tiempo. Años después le denuncié por abusos. Sé que eso está muy feo, pero qué quieren, la única forma de conocer a un héroe nuevo es que haya un malvado del que deba salvarte. Y a mi me gusta coleccionar héroes.
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