
Hay veces que la verdad duele. Hay días en los que del mundo sólo querría las sombras que se proyectan en la caverna aún sabiendo que son eso, sombras.
Recuerdo que cuando era niño, los días despejados procuraba adelantar a mi padre en nuestros paseos familiares de forma que la sombra de mi silueta llegara más lejos que la suya.
-Mira, papá, ¡soy más alto que tú!. ¡Te he ganado! Yo soy ahora el más mayor, el más grande.
Mi padre sonreía y se dejaba adelantar, incluso parecía encoger a propósito un poco más su sombra, dibujada en la acera de camino a casa.
Ahora, cuando paseo con mi padre, es su sombra la que se alarga. Le dejo avanzar unos pasos, pocos, camino a la residencia, para que su silueta sobrepase la mía, para que él sea el mayor, el más grande. Y no, no es para sentirme de nuevo un niño, sólo quiero ver si así él es capaz de recordar que es mi padre.
Recuerdo que cuando era niño, los días despejados procuraba adelantar a mi padre en nuestros paseos familiares de forma que la sombra de mi silueta llegara más lejos que la suya.
-Mira, papá, ¡soy más alto que tú!. ¡Te he ganado! Yo soy ahora el más mayor, el más grande.
Mi padre sonreía y se dejaba adelantar, incluso parecía encoger a propósito un poco más su sombra, dibujada en la acera de camino a casa.
Ahora, cuando paseo con mi padre, es su sombra la que se alarga. Le dejo avanzar unos pasos, pocos, camino a la residencia, para que su silueta sobrepase la mía, para que él sea el mayor, el más grande. Y no, no es para sentirme de nuevo un niño, sólo quiero ver si así él es capaz de recordar que es mi padre.
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