martes, 29 de abril de 2008

Promesas


Lo malo de ser una niña que promete mucho es que te pasas la vida intentando cumplir las expectativas. Así, aprendí a leer pronto simplemente por el placer que mostraban mis padres al compartir con la familia y los vecinos mis avances. Recitaba de corrido cosas que no entendía porque entender no tiene mérito, escribía con una letra menuda y redonda cosas que no tenían demasiado sentido porque escribir lo que se siente no está demasiado valorado. Aprobaba con nota los exámenes, me comportaba como una personita mayor y sonreía y callaba porque descubrí que eso me hacía parecer interesante. Llegué a la adolescencia sin demasiados problemas y si me dejé magrear la primera vez fue para no desbaratar las expectativas de aquel patán que decidió que mi cuerpo era lo único de mí que podía tener interés. Desde entonces, sigo intentando cumplir las expectativas puestas en mí. Me he convertido en una mujer como quien se convierte en un interrogante, en un puzzle. Nadie sabe, ni yo sé que hacer para encajar. Me he dado cuenta tarde de que nunca conseguiré cumplir los pronósticos. No dije nunca nada original, nunca escribí sobre lo que realmente sentía, y aunque soy capaz de follar como nadie, sigo sin soportar el olor de los patanes que piensan que mi cuerpo es lo único de mí que puede tener interés, así que siempre acabo vomitando. Mi médico no se decide entre la anorexia y la bulimia, mi editor me pide que explore nuevos temas mientras pierdo enteros en el mercado de las escritoras noveles y mis amantes han decidido follarme con la luz apagada para no ver las lágrimas que me corren por las mejillas mientras intento disimular las arcadas. Sólo en algo he avanzado: ahora que ya sé que nunca podré cumplir las expectativas, me siento más relajada y ya no me da por pellizcarme hasta hacerme sangre en los costados. Pero no prometo nada.

viernes, 25 de abril de 2008

Sombras


Hay veces que la verdad duele. Hay días en los que del mundo sólo querría las sombras que se proyectan en la caverna aún sabiendo que son eso, sombras.

Recuerdo que cuando era niño, los días despejados procuraba adelantar a mi padre en nuestros paseos familiares de forma que la sombra de mi silueta llegara más lejos que la suya.

-Mira, papá, ¡soy más alto que tú!. ¡Te he ganado! Yo soy ahora el más mayor, el más grande.

Mi padre sonreía y se dejaba adelantar, incluso parecía encoger a propósito un poco más su sombra, dibujada en la acera de camino a casa.

Ahora, cuando paseo con mi padre, es su sombra la que se alarga. Le dejo avanzar unos pasos, pocos, camino a la residencia, para que su silueta sobrepase la mía, para que él sea el mayor, el más grande. Y no, no es para sentirme de nuevo un niño, sólo quiero ver si así él es capaz de recordar que es mi padre.